miércoles, 29 de agosto de 2007

¿Cuanto han cambiado las cosas en nuestro país?

Luis Fernando Vía Cavero


En coimas, los bolivianos dieron Bs 905 millones. La cifra representa la mitad del déficit fiscal o del monto que se adeudaba en 2005 al FMI. Asimismo, significa el 5 por ciento de todo lo que Bolivia exporta. Los pagos extraordinarios e ilegales que miles de personas hicieron para sacar ventaja de cualquier trámite (coimas) en instituciones públicas y privadas, se comieron al menos 905 millones de bolivianos en el 2005, desde aquel año no se ha realizado otro estudio sobre el tema a diferencia de otros países como México y Perú.

Según este trabajo de investigación, en la última gestión se realizaron al menos 43 millones de trámites, de los que 5,3 fueron tratados por este tipo de pagos, en 42 clases de servicios públicos y privados.
La investigación, denominada 'Costo de la corrupción para los hogares de Bolivia', tiene como objetivo dimensionar, en cifras, la 'pequeña corrupción' que se da cuando un ciudadano hace estos pagos irregulares para obtener algún beneficio. Sin embargo, estos actos que se caracterizan por mover cifras menores a los Bs 5 mil, generan millones y 'crece a medida que ocurre'. Es por ello que estas actitudes provocan 'efectos perversos', que también son generadas por la ciudadanía que es la que da el dinero, haciéndose parte del problema. 'No olvidemos que la corrupción se da en dos vías, una es la que da y otra la que recibe, y en este caso es el ciudadano que entrega el dinero'.

El trabajo, que en su parte operativa fue ejecutado por la empresa Encuestas y Estudios, señala que en promedio, cada hogar boliviano ha gastado en un año al menos Bs 400 (50 dólares) en coimas. Ello significa que en promedio, casi la mitad de los hogares de Bolivia, cerca de 984 mil, acepta haber pagado al menos una coima en el último año.

Para medir todas estas variables, desde el año 2005 se construyó el Índice Nacional de Corrupción (INC), que permite identificar los niveles de este delito por departamento, ciudades eje y servicio. Este indicador se utiliza en una escala de 0 a 100. Por ejemplo, según ese estudio, el departamento con mayor índice de corrupción es Oruro, en el que de 100 trámites realizados, 21,9 fueron tratados con pagos ilegales; mientras que la región con menor índice es Pando, con 7,1 trámites de 100 que fueron acelerados por coimas. Es así que, los montos emitidos por coimas están entre Bs 5, que se pagan en los colegios, hasta 400 por delimitación de tierras. En promedio, el costo de coimas por trámites es de Bs 160. Sin embargo, las instituciones que más captan estos pagos son la Policía, Aduanas y el Poder Judicial. Por ejemplo, según el estudio, los Bs 240 millones que se dan de coimas a los policías, podrían servir para cuadruplicar los sueldos de sus 20 mil efectivos, o en el caso de la Justicia, donde se dieron Bs 303 millones, que podrían ser utilizados para pagar los sueldos de 4.500 jueces.
Asimismo, también se revela que para los hogares con ingresos de hasta Bs 500 cada mes, el pago de las coimas representó el 16,9% del total de sus ingresos, mientras que en los que tienen ingresos superiores a Bs 5 mil mensuales, el pago por coimas fue de solamente el 1,3 % de su ingreso anual.

El trabajo también toma en cuenta la percepción de los ciudadanos sobre la corrupción, por ejemplo se reveló que el 43% de los encuestados cree que es posible acabar con la corrupción. No obstante, el 50% cree que comparado con los años antecesores, hay más corrupción en Bolivia.

En referencia a la percepción que cada uno de los encuestados tiene sobre sí mismo, se utilizó una escala de honestidad del 1 al 7, los bolivianos se califican con 5,9 como honestos, por lo que el 54% cree que el sistema los obliga a volverse corruptos. Asimismo, la mitad de los encuestados piensa que hay más corrupción en los niveles altos del Gobierno que en los niveles bajos. Aunque los resultados de esta encuesta muestran que la corrupción existe en los niveles más bajos, es decir, entre los que proveen directamente los servicios públicos.

Servicios públicos

Judicial y de Identificación • Según el estudio, 429 mil trámites en juzgados fueron con coimas y un millón de trámites para obtener carnet de identidad, también se hizo con pagos extras.

Aduana y PTJ • Para sacar cosas por la Aduana o puestos fronterizos se registraron 69 mil trámites con coimas. Para levantar un trámite en el Ministerio Público o PTJ, y evitar detención, se registraron 218 mil trámites con pagos extras.

Tránsito • 55 mil trámites con coimas para recuperar el automóvil robado; 211 mil trámites para evitar que la Policía ponga trampas al auto y 334 mil casos con coimas para evitar una boleta con multa.

Municipios y privados • En el ámbito municipal registra un 8,2% de índice de corrupción y el sector privado tiene un 7,2% de índice de los trámites con coimas.

Punto de vista

El estudio mide los actos de corrupción en pequeña escala, además pone a la luz el otro lado de la cara de la moneda del fenómeno de la corrupción. No es un análisis de las instituciones del país, sino que se estudia el comportamiento del ciudadano en 42 servicios y la propensidad de éstos (ciudadanos) en el uso de estos servicios y que tengan que pagar extras o coimas. Para aquellas personas que siempre están frustradas en no poder hacer nada contra la corrupción, se recomienda cambiar este comportamiento, simplemente tomando la decisión de no coimear.

Para que el estudio sea válido y útil para medir el progreso o retroceso en temas como la corrupción, se recomienda que se debería hacer cada año, o por lo menos cada dos años, un estudio similar en Bolivia. El estudio ha sido patrocinado por un grupo de emergentes de la sociedad civil, de la "Red Anticorrupción", donde incluye un par de organizaciones de Santa Cruz y el trabajo de ellos será concienciar a la ciudadanía sobre este problema (la corrupción) y segundo, exigir a las entidades gubernamentales mejorar en la entrega de este tipo de servicios. Es el primer estudio así que se hace en Bolivia, a diferencia de México que va en su tercer estudio (cada dos años), y en Perú que ya se ha realizado en dos oportunidades.

sábado, 25 de agosto de 2007

El País de la Política sin Brújula


Juan José Anaya Giorgis

A los movimientos políticos hay que comprenderlos observando los objetivos que persiguen y los métodos que emplean antes y durante las acciones que su organización ejecuta. Sólo aquellos que demuestren fortaleza, poder aglutinador y claridad en el camino, tienen oportunidad de triunfo para construir un destino social que a todos alcance e inclusive liberar al hombre de sus ataduras (según el caso).

Pero si por el contrario, un movimiento político adolece de una conducción sólida, desconoce los pasos intermedios que debe transitar para alcanzar los objetivos que se ha trazado, o si más aún estos últimos son, de por si, fines abstractos, está condenado al fracaso, o a ser reabsorbido por sus adversarios.

Los movimientos sociales, protagonistas del escenario político actual (Coordinadoras del Gas, CIDOB, MAS, MIP, CSUTCB, FEJUVE El Alto), tienen entre sus virtudes, por ejemplo, la desmitificación del neoliberalismo, como modelo económico eficaz para resolver los problemas políticos y sociales del país.
Sin embargo, en lo que concerniente a una interpretación cabal de la realidad mundial (la elaboración de un plan de gobierno o la consistencia de su organización política intersectorial) sobresalen más los desatinos sobre sus virtudes, al punto de que su práctica política, coincide con nuestra descripción efectuada en los dos primeros párrafos de esta reflexión.

La derrota de la Unión Soviética, en manos del imperialismo occidental, ha significado graves consecuencias para los países más débiles: los que no logren incorporar sus estructuras productivas en la economía globalizada, ingresarán en una espiral regresiva, consecuencia de su imposibilidad para afrontar los problemas de sociedades que han sufrido violentas explosiones urbanas, y la indiferencia del imperialismo, que sólo conoce dos lenguajes: la economía y la guerra.

Cuando el estaño fue nacionalizado en Bolivia, el país controlaba aproximadamente un tercio de su producción mundial, en una época de la historia industrial, donde esta materia prima era de uso indispensable para la producción. Aquello le otorgó al país, un importante margen político de negociación para la definición de políticas propias, frente a los intereses norteamericanos y de la Europa Occidental.
Pero actualmente, la economía boliviana controla un segmento casi imperceptible de la economía mundial, de modo que en los hechos, el país depende del mercado mundial, pero no ocurre lo inverso, es decir, no existe dependencia del mercado mundial, respecto a nosotros. La propia economía del gas no trasciende el ámbito regional, y las reservas comprobadas son demasiado pequeñas, en relación a las existentes en otros países del mundo.

Esta es la realidad material de la coyuntura mundial, que a nadie gusta mirar o decir. Frente a ella, los movimientos sociales mencionados, se han encargado de prometer solución para todos los problemas, pero han olvidado decirnos cómo piensan hacerlo. Se nos presentan como profetas de la denuncia, vendiendo bálsamos milagrosos que aseguran cura para todo mal socioeconómico, pero lo cierto es que estos no se resuelven por la intermediación de las artes ocultas, y a pocos meses de las elecciones nacionales, no han dicho ni una sola palabra acerca de su proyecto o estrategia para industrializar y exportar el gas, o como piensan resolver las deficiencias del sistema nacional de salud y educación, por ejemplo.

En cambio nos dicen “hay que refundar Bolivia”, pero cuáles son los vínculos, entre la gama de cambios jurídicos posibles a introducir por una Constituyente y la industrialización del gas, nadie lo sabe.
No negamos, que entre las implicaciones factibles de la Asamblea Constituyente, cuenta la de ampliar la legitimidad política del Estado boliviano, a través de la redefinición del sistema representativo o solucionar problemas inherentes al control sobre la propiedad de la tierra. Sin embargo, de ninguna manera será a través de tal artificio que se resolverán los problemas económicos de fondo en el país. En realidad, su advocación tiene más el cariz de una herramienta política para alcanzar el poder, que la de una herramienta genuina para solucionar la crisis económica que el país vive. Denunciar esta perspectiva de los hechos, constituye un debate que los bolivianos no podemos ignorar.

Fascismo de la vida cotidiana (o el talibanismo de la municipalidad)

Mauricio Navia Lora

“Solo es intolerable la intolerancia”


Es desazonador constatar cuán poco hemos avanzado en la adquisición de hábitos democráticos, lo que a fin de cuentas, entre otras cosas, significa aprender a convivir con lo diverso, lo plural. Escudándose bajo un legalismo hipócrita y motivado por la presión de ciertos sectores sociales, la municipalidad ha emprendido una ofensiva tajante y cerrada contra los cafés de la España. Como si la culpa de los deschongues callejeros fuera de los dueños de cafés, que brindan trabajo, pagan jugosos alquileres, y en general revitalizan la economía del centro de la ciudad, que como muchos centros urbanos de Latinoamérica ha sufrido un abandono miope. Pero esta falta de visión de parte de algunas autoridades, en particular, del director de espectáculos públicos, Gerardo Hoepfner, no es nueva. Antes ya la policía desalojó a los jóvenes que se iban a divertir a “Las Islas” (Av. Villarroel, norte), por quejas del vecindario. El resultado no fue una disminución del consumo de alcohol, sino que meramente el consumo se traslado de lugar, primero al Prado y luego a la España. Vale decir que si alguien ha ocasionado el caos que ahora se usa como pretexto para destruir un espacio cultural importante, es la propia municipalidad y la policía. Se ve, pues, que las políticas represivas no sólo son injustas, sino también pecan de estupidez.

Una de las pocas voces sensatas, Luis Bredow, tiene toda razón en creer que si la juventud alcoholizada es un problema, lo que habría que hacer es desincentivar el consumo de alcohol, brindando alternativas, y controlando seriamente el expendio de licores baratos o adulterados. Los partidarios de “la ley y el orden” parecen ignorar que vivimos en un país con un déficit civilizatorio agudo al cual ellos mismos contribuyen de manera significativa. No se puede manipular la ley por conveniencia u oportunismo, o utilizarla como un instrumento para avanzar los fines y los valores propios, en detrimento de los valores y el modo de vida de los otros.

Hemos sufrido una regresión, volviendo a un mundo cultural achatado, donde persiste la dicotomía trabajo-diversión idiota. El poder detesta los espacios de diálogo y espontaneidad, y prefiere mantener las válvulas de escape de siempre: cantinas, discotecas y prostíbulos. Qué enorme incapacidad para ver cómo se generan nuevos espacios simbólicos, cómo florece la creatividad y la vida, o bien, que incapacidad para alegrarse de esto, cuando sí se lo ve. Mucha razón tiene Aldo Carotenuto cuando afirma que “la persona creativa es el enemigo natural del poder”. La peste emocional se ha manifestado en lo pequeño, en lo parroquial; no hace falta mucha imaginación para columbrar la pesadilla si esta gente poseyera más poder. Empero no todo está perdido; más allá de los recursos jurídicos que se están utilizando para salvar el arte y la tertulia, está la oportunidad para que las gentes atropelladas se concienticen de sus derechos y de su fuerza colectiva y se constituyan en un movimiento de contestación, generacional.

Los retos de la aplicación del pluralismo jurídico en Bolivia y la construcción de un estado plurinacional

Rocío Estremadoiro Rioja


I. Introducción

Uno de los temas más importantes, relevantes y polémicos en la actualidad en Bolivia es el referido al del pluralismo jurídico. En un país donde el acceso y la eficiencia del sistema de justicia, dejan mucho que desear, característica común en varios países de América Latina[1], se ha planteado como una posible solución la incorporación de la justicia consuetudinaria practicada por los grupos étnicos[2] o comúnmente llamados pueblos indígenas y/o originarios[3] en la legislación oficial y dándole igual jerarquía que a la justicia ordinaria.
Sin embargo, el debate va más allá del ámbito judicial. En realidad la propuesta del reconocimiento de la justicia consuetudinaria es una demanda esencialmente política que trasciende el ámbito cultural y estructural, ya que en el fondo es una parte importante de un conglomerado de reivindicaciones por las que se han movilizado los pueblos indígenas y/o originarios en Bolivia desde fines de la década de los 80, que se pueden resumir en un pedido de inclusión y reconocimiento político y ciudadano real en un Estado cuyos cimientos se basan en la discriminación y exclusión de una gran parte de la población[4] que datan de la colonia y que en la era republicana no se han resuelto.
A raíz de aquello, distintas organizaciones indígenas, originarias, campesinas y colonizadores tanto del occidente como el oriente se han aliado formando el “Pacto de Unidad”[5] que hace algunos años viene trabajando en una propuesta para la Asamblea Constituyente. El planteamiento principal de los debates sostenidos gira en torno a la construcción de un nuevo Estado en Bolivia de carácter “plurinacional” que permita no sólo el reconocimiento de diversidad de “naciones” en Bolivia sino, de acuerdo a ello, que se reconozca las distintas formas y prácticas de justicia consuetudinaria, también llamada “usos y costumbres”, de los pueblos indígenas y/o originarios en igual jerarquía que la justicia ordinaria y la construcción de un diálogo entre las distintas maneras de practicar la justicia que permita su convivencia armónica en el territorio nacional, propuesta ligada al planteamiento de un nuevo ordenamiento territorial en base a autonomías indígenas, interculturales y regionales.
En este sentido, el objetivo de este trabajo es una breve reflexión sobre la posibilidad de la incorporación de la justicia consuetudinaria en el orden jurídico oficial de Bolivia como parte de ese Estado plurinacional. Basándonos en algunos planteamientos del “Pacto de Unidad”, intentaremos analizar los posibles escenarios y efectos que traería consigo la implementación de una propuesta de estas características. También veremos las principales características de la manifestación de la justicia consuetudinaria en Bolivia, lo que puede considerarse como tal y lo que no. Posteriormente abordaremos el camino andado de las reformas en Bolivia en el pluralismo jurídico y hacia un Estado multicultural, para ver qué se hizo y cómo se reforzó la hibrides del derecho consuetudinario con el derecho ordinario. Por último reflexionaremos sobre los posibles escenarios, efectos y consecuencias de implementación de esta propuesta o similares en el sistema de justicia, en la estructura y el manejo del Estado y en el devenir de Bolivia como nación. Esperamos que estás reflexiones aporten a la discusión sobre el pluralismo jurídico y la convivencia de distintas formas y concepciones del derecho en un solo país.

II. Antecedentes teóricos

A continuación describiremos los principales conceptos que se tomarán en cuenta para el abordaje de este trabajo.

II.1. Grupo étnico, etnicidad e identidad

Para ilustrar una lectura antropológica “clásica” sobre definiciones relacionadas con la etnicidad tomamos la definición encontrada en Barth (1976) de “grupo étnico” como concepto empleado para designar a una comunidad que en gran medida se autoperpetúa biológicamente, comparte valores culturales fundamentales realizados con unidad manifiesta en formas culturales, integra un campo de comunicación y interacción y cuenta con miembros que se identifican a sí mismos y son identificados por otros como una categoría distinguible (1976: 11). El autor explica que esta posición no está muy alejada del contenido de la proposición tradicional “etnográfica” que relaciona raza, cultura, lenguaje y sociedad.
Esta teoría desencadena en la afirmación de que la etnicidad es una condición primordial que se refiere, según la definición de Clifford Geertz (1973), a que el vínculo cultural que une a una colectividad surge de aspectos “dados” como nacer en un determinado lugar, donde se habla una lengua específica y se practican ciertas manifestaciones culturales, contexto del que es difícil “salir” ya que uno se encuentra ligado a sus parientes, vecinos, etc., vínculo que termina teniendo una importancia absoluta e inexplicable “atribuida al vínculo mismo” (1973: 259).
Rex polemiza con esta visión de Geertz indicando de que es difícil escapar de los vínculos sociales en la infancia, por una cuestión de supervivencia, pero como las personas no están indefinidamente en ese estado y ya, en la edad adulta, pueden elegir o no, si perpetúan ese parentesco y los lasos culturales, si continúan conservando las mismas creencias o hablando el idioma materno, etc. (Citado en Degregrori, 1993).
Barth también discute con la posición primordialista de Geertz, indicando que la etnicidad es “situacional”, es decir que una cultura común es un resultado o una implicación social, una construcción colectiva, que puede redefinirse o cambiar en el tiempo, por lo tanto no es una característica dada, primaria y definitiva (1973: 12).
De esta manera, Barth considera a los grupos étnicos como una forma de organización social, socialmente efectiva, que si bien presentan rasgos étnicos y culturales “dados”, éstos se convierten en recursos a los cuales los individuos o la colectividad pueden recurrir para satisfacer necesidades tácticas, pudiendo autoidentificarse, diferenciarse de otros, exhibir signos o señales que indican identidad, lenguaje, vestido, etc. si así lo ven conveniente.
Para este trabajo tomamos la definición “situacional” de grupo étnico y, a partir de ello, consideramos que la identidad étnica o cultural vendría a ser algo construido colectivamente, que varía en el tiempo y se adecua a lo que mejor reivindique las demandas y aspiraciones de un grupo social.
La etnicidad, entonces, vendría a ser una identidad construida y potenciada en las últimas tres décadas de emergencia de los movimientos indígenas en varios países de América Latina[6].

II. 2. Multiculturalismo, multinacionalidad, diversidad cultural y derechos diferenciados

De acuerdo a Cocarico (2006) en el debate sobre el pluralismo jurídico hay dos posiciones contrarias. Por un lado están los universalistas liberales que plantean la supremacía de los derechos individuales o liberales frente a los derechos culturales y colectivos, como si las sociedades fueran un complejo homogéneo de un conjunto de individuos sin mayores diferencias que su iniciativa individual. Por lo tanto, se niega cualquier forma de reivindicación que implique el reconocimiento de la existencia de derechos diferenciados para colectivos minoritarios. Por otro lado, están los relativistas absolutos que niegan toda posibilidad de universalismo. Frente a estas dos posturas extremas hay un enfoque intermedio que propone el “multiculturalismo” del que es uno de los pioneros, Kylmicka.
Kylmicka (1996) define el término “multiculturalismo” indicando que puede abarcar formas diferentes de pluralismo cultural. A partir de esta aclaración, el autor toma dos modelos amplios del abordaje de la diversidad cultural en un país determinado: Estados multinacionales y Estados poliétnicos.

II.2.1 Estados multinacionales

Una fuente de diversidad cultural es la coexistencia, en un Estado, de más de una nación, entendiendo el término nación como una comunidad históricamente determinada y que comparte un territorio, lengua y cultura diferenciada del resto de la población. Es así que en un Estado pueden co-existir varias naciones, entonces hablaríamos de “Estados multinacionales” o “plurinacionales”.

II.2.2. Estados poliétnicos

En este segundo caso, la diversidad cultural, en general, surge de la inmigración individual y familiar a un determinado país de grupos que luego se unen y forman una colectividad diferenciada al resto de la población, pero que desean integrarse a la sociedad de la que forman parte y que se les acepte como ciudadanos en pleno derecho y con cierto reconocimiento de su identidad étnica, pero en ningún momento se plantean la posibilidad de convertirse en una “nación” dentro del Estado, sino modificar las leyes de dicha sociedad para que sean más permeables a las diferencias culturales. Un ejemplo pueden ser los bolivianos que migraron a Argentina, que si bien perpetúan algunas prácticas culturales (como la Fiesta de Urcupiña) quieren formar parte del país donde ahora viven. Este concepto puede aplicarse a los grupos étnicos que aunque sean “originarios” del lugar donde habitan pueden reclamar demandas con las características poliétnicas.

II.2.3. Derechos diferenciados

Evidentemente una gran mayoría de las democracias pueden ser clasificadas como multinacionales o poliétnicas o ambas a la vez. A partir de aquello, Kylmicka clasifica tres formas de derechos diferenciados que pueden demandar los grupos étnicos o que han sido las respuestas más importantes de los Estados a las reivindicaciones indígenas o de minorías.
Los derechos de autogobierno se refieren a la delegación de poderes a esos grupos a través de algún tipo de federalismo o mediante el establecimiento de regímenes autonómicos (en Estados multinacionales o en construcción). El segundo tipo son los derechos poliétnicos que son la protección del Estado y el apoyo financiero que garanticen las prácticas culturales diferenciadas de los grupos étnicos o religiosos. La tercera forma son los derechos especiales de representación que son los mecanismos de acción positiva para incluir la representación de los grupos étnicos en las instituciones del Estado central (se pueden dar en ambos tipos de Estado).
Por su parte, Sartori define al multiculturalismo como “política que promueve las diferencias étnicas y culturales” (Citado en Molina, 2005), aceptando distinciones entre grupos humanos y enlazándolas, trabajando con disensos pero evitando fomentar conflictos y diferencias irreconciliables. Pero para Molina la definición de Sartori se refiere a una relación horizontal entre los grupos diversos, olvidando que, en países como Bolivia, existen diferencias de tipo estructural, económico y de acceso a los derechos ciudadanos para los grupos de origen indígena, por lo que no se puede hablar de relaciones horizontales que aún no existen ni se dan en la práctica, sino de la búsqueda del respeto a la diversidad construyendo al mismo tiempo la igualdad ante el Estado y la ley para todos los ciudadanos respetando las diferencias bajo un marco común, pero que no descanse en el sometimiento de un grupo social y su visión del mundo sobre otro.

II.3. Derecho consuetudinario y pluralismo jurídico

Para Cocarico (2006) la justicia consuetudinaria se refiere a la práctica de la justicia tradicional, derecho ancestral o “derecho consuetudinario indígena” hecha por distintos grupos étnicos de acuerdo a su bagaje cultural que data de antes de la colonia española y la formación de las Repúblicas. El pluralismo jurídico se refiere al reconocimiento de la convivencia de distintas formas de hacer derecho en igualdad jerárquica, vale decir que el derecho consuetudinario tenga la misma validez y reconocimiento legal que el derecho ordinario u oficial.

II.4. Constitucionalismo multicultural

Una definición de Van Cott (citada en Martí I Puig, 2006: 18) plantea que es posible hablar de “constitucionalismo multicultural” cuando en una Constitución aparecen los siguientes elementos:

Reconocimiento formal de la naturaleza multicultural de las sociedades y la existencia de pueblos indígenas como colectividades subestatales distintas.
Reconocimiento de la ley consuetudinaria indígena como oficial o como derecho público (pluralismo jurídico).
Reconocimiento de los derechos de propiedad de los territorios ocupados por los grupos étnicos y restricciones a la alienación y división de esas tierras comunales (propiedad colectiva del territorio).
Reconocimiento del estatus oficial de las lenguas indígenas.
Garantía de una educación bilingüe.
Reconocimiento del derecho de crear espacios territoriales autónomos (naciones).

III. Pluralismo jurídico: El camino andado. De la organización de los grupos étnicos a la reforma constitucional, el cambio institucional y la convivencia de dos lógicas en el ámbito local

III.1. Organización de los grupos étnicos en Bolivia

Durante la década de 1980, los Estados nacionales en los países andinos entraron en crisis. A raíz de este fenómeno se dio el surgimiento de importantes movimientos sociales que se autodefinieron en términos étnicos tanto en Colombia, Bolivia y Ecuador (Degregori, 1993).
En este sentido, Rivera (1994: 1), indica que los conflictos en los que se sumieron varios países en América Latina, como Ecuador, Bolivia, México y Guatemala, responden al cuestionamiento del Estado-nación como fórmula política de integración, ordenamiento y construcción de sociedades, por lo tanto la revitalización de las identidades étnicas y sus movimientos fueron un indicador de la pérdida del horizonte integrador del Estado nacional.
En Bolivia la tendencia de los grupos indígenas a organizarse para luchar por sus derechos y buscar su inclusión en la sociedad, además de una tradicional “resistencia” a un Estado que los niega y discrimina, data de mucho antes. No se puede olvidar la lucha de figuras como Túpac Amaru y Túpac Katari, en el periodo colonial o de la incursión del líder indígena Zárate Willka en la Guerra Federal de 1899 en apoyo a los Liberales[7].
En la revolución de 1952 fue determinante la presencia de los indígenas en la lucha, luego en la formación de milicias armadas y decisiva su participación en para la promulgación del la Reforma Agraria, con lo que se abolieron muchos latifundios. Sin embargo, una de las reformas consecuentes fue la prohibición del uso del término “indio” en la Constitución argumentando que se hablaba de “campesinos”. Este hecho es visto por muchos analistas como un intento de asimilar a los indígenas en el Estado en el que imperaba el “monismo jurídico” y cultural (Yrigoyen, 2000), por lo tanto el no reconocimiento de sus diferencias como indígenas y en un sentido paternalista. En el mismo sentido se puede interpretar al pacto militar-campesino hecho con los militares a partir de mediados de los 60 y en intento de la incorporación de los indígenas, vistos como campesinos, en las luchas de la izquierda en los 70[8].
Sin embargo, parte de los indígenas de occidente se organizarán y sindicalizarán como campesinos en la década de 1970 con la creación de la Confederación Sindical Única de Trabajadores Campesinos de Bolivia (CSUTCB). Los pueblos indígenas del oriente crearán la Confederación Indígena del Oriente, Chaco y Amazonía Boliviana (CIDOB), la Coordinadora de Pueblos Indígenas de Beni (CPIB) y la Central del Pueblos Étnicos de Santa Cruz (CPES). Posterior será la creación del Consejo de Ayllus y Markas del Qullasuyo (CONAMAC) donde varios grupos étnicos de occidente pasan a reivindicarse como “originarios”.
A partir de la década de 1990, los indígenas y campesinos sindicalizados empezaron a movilizarse. La acción colectiva de mayor envergadura fue la Marcha por el Territorio y la Dignidad donde, a parte de exigir un territorio que puedan administrar los distintos grupos étnicos, ya se demandaba la “refundación” del Estado boliviano que incluya de manera real a los indígenas, a través de la realización de una Asamblea Constituyente. A partir de aquí la participación de las organizaciones indígenas será fundamental en las distintas movilizaciones que tuvieron como desenlace la caída del ex presidente Gonzalo Sánchez de Lozada como metáfora de un Estado que llegaba a la cúspide de su crisis de legitimidad.
En la década del 2000 las distintas organizaciones indígenas, originarias y campesinas decidieron trabajar de manera conjunta en una propuesta de reforma total del Estado hacia uno multinacional de cara a la realización de una Asamblea Constituyente que será, a partir de entonces, la principal de sus metas.

III.2. El derecho consuetudinario en Bolivia

En un país donde la mayoría de la población se considera indígena y con fuerte hibrides cultural, las prácticas culturales de origen étnico son una realidad cotidiana principalmente en las áreas rurales y en las zonas urbanas con extensa migración rural-urbana, como las capitales de Oruro, Potosí, la ciudad del Alto y las zonas peri-urbanas de Cochabamba. Estas interacciones no sólo pueden evidenciarse en los cultos de origen religioso o en las fiestas populares sino en las prácticas políticas, sociales y jurídicas.
No casual que el partido de mayor éxito electoral de los últimos años, sobre todo con un voto fiel de la población de origen indígena, el MAS, base su estructura partidaria y sus mecanismos de decisión en prácticas de origen tradicional que se daban en los ayllus y se siguen ejecutando en las comunidades indígenas y campesinas. Es más, todos los partidos de fuerte interpelación popular tendieron a apoyarse en las estructuras sindicales de mineros y campesinos que a su vez recogieron la forma de organizarse de los ayllus a través de las subcentrales y centrales campesinas.
En este sentido, los sindicatos han tendido a desempeñar el rol político correspondiente a los partidos adquiriendo las tradiciones culturales de las comunidades campesinas e indígenas referentes de una “autoorganización endógena y tradicional” (Lazarte, 1989: 232)[9]. De esta manera se puede explicar el éxito de la Ley de Participación Popular que, mediante las OTBs y los Comités de Vigilancia, no hizo más que reforzar y legalizar algo que ya se daba, como veremos más adelante.
El mismo razonamiento se puede aplicar al ejercicio de la justicia consuetudinaria generalmente desempeñada por los líderes u órganos de gobierno “naturales” y tradicionales de los grupos étnicos de Bolivia[10] y complementada con prácticas rituales y religiosas de gran complejidad que perduran en el tiempo y se adaptan a las actuales coyunturas[11].
En los últimos años Bolivia ha vivido una ola de incremento de la delincuencia, como uno de los efectos de la crisis económica y del consecuente descontento. A esto ciertos sectores de la población en las áreas rurales y urbanas, ante la falta de acceso a la justicia y su ineficiencia[12], ha respondido “haciendo justicia con mano propia”, con acciones desmedidas que incluyen el linchamiento, la tortura y el asesinato de los acusados que en muchos casos fueron inocentes o culpables de delitos menores como el robo de garrafas o bicicletas.
Este tipo de actos no pueden ser calificados de “justicia comunitaria” porque, de acuerdo a varios estudios[13], en general, la justicia consuetudinaria, por su lógica comunal, busca, más que el castigo, que las sanciones beneficien al colectivo de la comunidad “tomando en cuenta su naturaleza, que como se mencionó responde a un ensamble de normas y prácticas complejas influidas por diversos factores, como el humanismo y el respeto por la dignidad de las personas en el momento de imponer la sanción sobre el inculpado.” (Cocarico, 2006: 139)
Claro que hay ejemplos que casos de castigos corporales y la figura de la pena de muerte, pero como dice Cocarico, en el caso de la pena de muerte, esta tiende a constituirse en una excepción y en cuanto a los castigos corporales la justicia consuetudinaria no es la única en aplicarlos ya que la justicia ordinaria al privar de libertad a los inculpados impone un castigo corporal “al prohibir moverse al cuerpo, al restringirla libertad de locomoción, al reducir el espacio humano y bloquear el horizonte de visibilidad del condenado, también se inflige un castigo corporal, pero no por eso se califica de salvaje o bárbara a la justicia estatal.” (Cocarico, 2006: 139).
Además, en la mayor parte de las comunidades indígenas y campesinas los castigos de la justicia consuetudinaria giran más en torno al trabajo comunitario y, en casos muy graves, en la expulsión del culpable de la comunidad.
En este sentido, los linchamientos, para empezar, no responden a normas y prácticas concretas, menos a rituales de tipo religioso-colectivo, con los que se aplica la justicia comunitaria en la mayoría de los grupos étnicos bolivianos, sino son acciones no planificadas, irracionales que prácticamente “estallan” ante la acumulación de un malestar social, de ahí su característica desmedida[14]. Como dijimos antes expresan no sólo un vacío en el acceso y en la eficiencia de la justicia sino malestar social ante causas más profundas y estructurales que también afectan el funcionamiento de la justicia y que incluso no pueden ser evitados por la justicia consuetudinaria:

“El linchamiento no es por tanto justicia comunitaria, sino por el contrario nace de la ausencia de justicia, no sólo de la ordinaria, sino también de la justicia comunitaria.” (Molina, 2005).


III.3. El cambio institucional y la convivencia de dos lógicas distintas en el ámbito local

Como fruto de las movilizaciones y demandas indígenas y cierta iniciativa de autoridades de gobierno[15], en 1994 se dio un cambio importante en el ordenamiento jurídico boliviano, tanto que Cocarico (2006) afirma que la historia político – jurídica de Bolivia no es la misma ya que por primera vez el Estado admite la diversidad cultural y étnica al declarar a Bolivia como “libre, independiente, soberana, multiétnica y pluricultural”. (CPE: Art. 1). Así mismo se reconoce “a las autoridades naturales de las comunidades indígenas campesinas podrán ejercer función de administración y aplicación de normas propias como solución alternativa de los conflictos, en conformidad a sus costumbres procedimientos siempre que no sean contrarios a esta Constitución y las leyes.” (CPE: Art. 171).
Sin embargo, es con la promulgación de la Ley de Participación Popular en 1993 que se da en la práctica una transferencia de poder a las organizaciones locales y de esta manera, a las comunidades indígenas y campesinas con su forma de organización que gira en torno al ámbito comunal. La primera medida de la Ley de Participación Popular fue la creación de los municipios como entidades autónomas al gobierno central, con la capacidad de elegir a su propio gobierno, compuesto por el Alcalde y el Concejo Municipal, y la recepción de fondos propios, de acuerdo al número de sus habitantes, mediante la Coparticipación Tributaria, lo que permite a los gobiernos municipales administrar sus propios recursos.
Pero la reforma no sólo se ocupó de una mayor descentralización estatal y redistribución del ingreso, sino además trató de normar mecanismos que garanticen la participación del ciudadano en las decisiones que se tomen respecto al manejo de los fondos. Esto se hizo mediante la creación de organizaciones que garanticen la coordinación de la sociedad civil con el Gobierno Municipal y el control social de los primeros a estos últimos.
Para concretar este propósito se crearon las Organizaciones Territoriales de Base (OTBs), a través de las comunidades campesinas, pueblos indígenas o juntas vecinales y los Comités de Vigilancia que a partir de ese entonces tuvieron reconocimiento legal como organismos de control social.
Todas estas medidas fortalecieron a las centrales y subcentrales campesinas y organizaciones indígenas, que pasaron en muchos de los casos a convertirse en OTBs o a tener una estrecha relación con éstas. El hecho de que dentro de la normativa de la Ley de Participación Popular, se permitiera a las OTBs practicar los “usos y costumbres” para elegir a sus directivas y aprobar sus resoluciones, de alguna manera, incentivó y legalizó a las asambleas comunales o cabildos populares que ya se daban como mecanismos de decisión informal dentro del derecho consuetudinario.
Es así que a partir de las OTBs, los sindicatos campesinos y organizaciones indígenas pasaron al control de los Comités de Vigilancia y luego al de muchos Gobiernos Municipales.
Tanto el proceso de municipalización que trajo consigo la Ley de Participación Popular, como las reformas en la Constitución que incorporaron a los Diputados Uninominales, mostraron cambios en el contexto institucional que favorecieron a movimientos sociales políticos alternativos basados, en un primer momento, en liderazgos locales de carácter rural. Esto es a lo que Van Cott (2005) se refiere al indicar que hubo un cambio en la Estructura de Oportunidades Políticas (EOP) permitiendo una “movilización de recursos” que fortaleció a las organizaciones indígenas, favoreciendo a la formación de partidos “étnicos” y la apertura de un Estado basado en el “monismo” jurídico y cultural.
Así, los hechos descritos precedentemente, consiguieron que las comunidades indígenas practicaran una especie de hibrides al mezclar formas jurídicas del derecho consuetudinario con el derecho oficial. En muchos casos el Corregidor o Agente Cantonal, autoridades reconocidas por el ordenamiento jurídico oficial, son las autoridades escogidas mediante los usos y costumbres indígenas que luego son legalizadas por las instancias pertinentes después de un proceso de negociación[16]. Incluso en algunas provincias del Departamento de Cochabamba se garantizó la elección de los Consejeros Departamentales en asambleas o cabildos que después fueron legitimados por el Consejo Municipal (la instancia legal oficial) en concentraciones similares en las que se convirtieron las sesiones del Consejo Municipal para ese fin[17].
También es ilustrativa la investigación de Cocarico (2006) sobre las prácticas de la misma en Laja (comunidades aymaras de La Paz), Tapacarí (comunidades aymaras-quechuas de Cochabamba) e Isosog (comunidades guaraní-chiriguanas de Santa Cruz) que perduran en el tiempo junto con la aplicación de la justicia ordinaria. Ambas formas son utilizadas dependiendo el caso y la conveniencia de las partes y de la efectividad que conlleven.
Como vemos, existe camino andado respecto a la práctica del pluralismo jurídico y la convivencia de dos lógicas del ejercicio del derecho. Así, en general, en el ámbito de lo local tienden a convivir tanto el derecho oficial como el consuetudinario. En este sentido, coincidimos con la afirmación de Cocarico al citar a Fanon que argumenta que el derecho consuetudinario indígena no es un retorno al pasado, por lo tanto un retroceso evolutivo e histórico sino “una realidad viva y presente, una realidad oscilante de interacciones, de atributos en movimiento y de rasgos inestables; realidad en la que se combinan lo viejo, con lo nuevo, tradiciones e innovaciones, invarianzas y dislocaciones.” (Citado en Cocarico, 2006: 138).
El reto, como reflexionemos más adelante, no sólo es legalizar esa convivencia que ya se da en los hechos, dándole mayor coherencia y un marco global que las enlace, permitiendo la profundización de un Estado pluricultural hacia uno plurinacional, sino trasladarla a niveles de mayor complejidad como el departamental, el regional y el nacional.

IV. La propuesta: Construcción de un Estado plurinacional[18]

En resumen, la discusión planteada por el “Pacto de Unidad” puso en debate una refundación del Estado boliviano[19] que lo convierta en un Estado plurinacional, pluricultural y plurilingüe, que reconozca que en su seno existe la convivencia de distintas naciones de origen étnico distinto. Para ello plantean, en primer lugar un nuevo reordenamiento territorial que se base en la constitución de autonomías territoriales indígenas. Para ello propusieron que se analicen las siguientes posibilidaes:

- Reconstitución de las naciones originarias y pueblos indígenas en base a sus territorios ancestrales.
- Ecorregiones con base cultural indígena originaria y campesina
- Territorios habitados por comunidades indígenas originarias y campesinas
- Redes organizativas y de intercambio existentes entre organizaciones indígenas originarias y campesinas.

Plantean también el reconocimiento de las “autonomías interculturales urbanas” haciendo alusión a los territorios que presentan un “mestizaje marcado” como las capitales de Departamento o zonas urbanas. Así mismo dejan en posibilidad de discusión la constitución de autonomías regionales. Todo esto en el marco de un “Estado unitario plurinacional” que sea una instancia que permita la “coordinación” de las distintas autonomías, regule un marco normativo general y administre los recursos naturales de “interés nacional”. Se habla, por tanto, de tres niveles de organización político administrativa del Estado:
- Local: autonomías territoriales indígenas originarias y campesinas y autonomías interculturales urbanas.
- Intermedio: Regiones.
- Plurinacional: Estado unitario plurinacional.

En los territorios autonómicos indígenas, originarios y campesinos, plantean el reconocimiento de una “total autodeterminación y autogobierno” para “definir sus sistemas jurídicos, elegir autoridades y estructuras de gobierno” y la administración de de su territorio y los recursos naturales renovables. En cuanto a los recursos no renovables, al ser de “interés nacional” proponen que sea el Estado central que tome las decisiones al respecto, pero con la posibilidad de consulta, veto, indemnización y participación en la toma de decisiones y en los beneficios que se obtengan si esos recursos se encuentran en sus territorios. Dice un documento tentativo:
“La autonomía indígena originaria y campesina es la condición y el principio de libertad de nuestros pueblos y naciones como categoría fundamental de descolonización y autodeterminación; está basada en principios fundamentales y generadores que son los motores de la unidad y articulación social, económica y política al interior de nuestros pueblos y naciones y con el conjunto de la sociedad. Se enmarca en la búsqueda incesante de la construcción de la vida plena, bajo formas propias de representación, administración y propiedad de nuestros territorios”.[20]
En cuanto al tema del Sistema de Justicia la propuesta plantea:
“El pluralismo jurídico es parte del ordenamiento jurídico del Estado, teniendo en cuenta los Derechos Humanos Fundamentales, los derechos colectivos que serán definidos en la nueva Constitución y los convenios internacionales sobre las naciones y pueblos indígenas originarios y campesinos. Los sistemas jurídicos y formas de administración de la justicia indígena originaria, tienen la misma jerarquía de la justicia positiva, con base en la autonomía territorial indígena, para juzgar y sancionar delitos y contravenciones de acuerdo a usos y costumbres, respetando los derechos humanos y la no intromisión de la justicia positiva. No corresponde a la justicia positiva anular o modificar las decisiones de las autoridades de la justicia comunitaria de las naciones y pueblos indígenas originarios y campesinos. Los usos y costumbres tienen validez legal en todas las instancias judiciales. El nombramiento de sus autoridades se hace de acuerdo con las normas internas de cada nación y pueblo indígena originario y campesino.”
En este sentido, la reforma debe garantizar el “reconocimiento de los sistemas jurídicos indígenas originarios dentro del principio de pluralismo jurídico que caracterizará el Estado Plurinacional”, para lo cual el derecho consuetudinario y las autoridades indígenas “naturales” o elegidas por “usos y costumbres” tengan “personalidad jurídica de orden constitucional. Su reconocimiento corresponde a cada pueblo según sus usos y costumbres sin que se requiera ningún trámite adicional ante otra entidad de la República” obteniendo el derecho a “el ejercicio de la jurisdicción y aplicación la justicia comunitaria.”
Igualmente se propone el derecho a la participación directa de los pueblos indígenas originarios y campesinos en toda la estructura estatal que incluya el ámbito plurinacional, regional y local mediante la elección de sus “propias autoridades, instituciones, mecanismos y procedimientos”. El Estado deberá asegurar esta participación mediante mecanismos de acción positiva.
Por último es de importancia la propuesta de la ampliación del reconocimiento de derechos colectivos junto con los derechos individuales que incluyen la propiedad colectiva del territorio “inalienable, indivisible e inembargable” y otros de índole cultural que garanticen la protección de las prácticas culturales propias de los grupos étnicos en un marco de tolerancia.
De esta manera, la constitución de las autonomías indígenas en el marco de un Estado plurinacional tendrían alcance en los siguientes puntos:
- Territorio
- Población indígena, originaria o campesina.
- Gobierno indígena, originario o campesino basado en usos y costumbres.
- Normas basadas en usos y costumbres.
- Administración de justicia basada en usos y costumbres.
- Patrimonio y recursos propios.

V. Reflexiones sobre los escenarios posibles

V.1. Un Estado plurinacional con nuevo ordenamiento territorial

Vimos que en Bolivia ya hubo un avance en la construcción de un Estado pluricultural y en el reconocimiento y legalización de cierto derecho consuetudinario que actúa con el derecho oficial en el ámbito local a través de las reformas en la década de 1990. Los resultados hasta ahora, en la mayoría de los casos, han sido positivos, tanto que la Ley de Participación Popular y otras reformas que permitieron una mayor descentralización del Estado y el reconocimiento de la diversidad, son evaluadas como uno de verdaderos logros del gobierno en ese entonces. Al mismo tiempo las reformas han dado frutos al permitir el fortalecimiento de una Estructura de Oportunidades Políticas para las organizaciones indígenas y campesinas y la formación de partidos que las representen al punto de que hoy uno de ellos, el MAS, controla el gobierno boliviano.
Sin embargo, no se puede hablar aún de un Estado plurinacional en Bolivia con el reconocimiento de naciones autónomas diferentes en su seno y, como ya dijimos anteriormente, la convivencia de distintas lógicas del derecho, de sistemas jurídicos y de administración de justicia, es aún un desafío de gran complejidad en los niveles nacionales e intermedios.
En este sentido, de manera general, la propuesta del “Pacto de Unidad” se enmarca en la construcción de un Estado multinacional de las características propuestas por Kymlicka, con un marco constitucional multicultural como el definido por Van Cott y con un énfasis en el reconocimiento de los derechos de autogobierno, pero sin dejar de lado derechos poliétnicos y derechos especiales de representación, definidos por Kymlicka.
El problema radica en que la propuesta del Estado plurinacional y la incorporación del pluralismo jurídico se basa en un nuevo ordenamiento territorial en Bolivia que puede ocasionar fuerte oposición de varios sectores de la sociedad, ya que prácticamente desaparecerían los Departamentos tal como hoy están divididos, se repensaría la jurisdicción de las provincias y se replantearía la actual composición municipal.
Ante la propuesta ya hubo voces de protesta de varios Comités Cívicos departamentales y otros sectores ciudadanos que incluso sienten “ofendida” su conciencia cívica nacional, al imaginarse que se divide ese territorio “sagrado”[21]. No es difícil imaginar los conflictos que se puede ocasionar si se intenta llevar a la práctica un nuevo ordenamiento territorial por los distintos intereses que se vulnerarían con la desaparición de los Departamentos, provincias y municipios tal como hoy están definidos. La situación se complica más aún si pensamos que en muchos de los territorios hay recursos naturales de gran importancia económica como los hidrocarburos en el Chaco boliviano. No es casual que desde que se descubrieron los yacimientos gasíferos se ha estado planteando la creación de un décimo Departamento en el Chaco con fuerte oposición de Santa Cruz y Tarija que verían afectado su territorio y las regalías provenientes del gas.
Más difícil será todavía que se llegue a un consenso en la posibilidad de permitir que los grupos étnicos sean consultados de manera vinculante sobre el uso de recursos naturales estratégicos y que administren autónomamente su territorio y los recursos renovables.

V.2. Un Estado plurinacional sin un reordenamiento territorial de fondo

Una posible solución a los anteriores dilemas, es que se incorporen los territorios autónomos indígenas mediante la creación de nuevos municipios “especiales”, lo que no implicaría la desaparición de los Departamentos y las provincias tal como hoy están definidos, aunque sí un reordenamiento municipal, pero para lo que se puede conseguir mayores consensos. En este sentido, es interesante la propuesta de Molina (2005) que indica que una forma de lograr una jurisprudencia que parta de abajo hacia arriba se puede garantizar mediante lo que ya hizo en parte la Ley de Participación Popular, al transferir poder político y normativo a la gestión local. Lo que faltaría por construir son las instancias de coordinación que articulen estos niveles locales con los ámbitos departamentales y nacionales, es decir el marco general que ligue al Estado plurinacional y a los ámbitos intermedios con las autonomías indígenas y que permita la convivencia entre las dos formas de derecho, el consuetudinario en sus distintas variantes, de acuerdo a cada grupo étnico, y el oficial.
Para ello se necesitaría la reformulación del marco normativo general, la Constitución, que permita articular las dos lógicas y un reconocimiento de igual jerarquía. El marco general puede basarse en, primer lugar, en el respeto a los derechos humanos fundamentales en cualquier tipo de administración de justicia y que rescate lo mejor de cada justicia y deseche lo que implique la vulneración de los derechos humanos. En este sentido, creemos posible la generación de ciertos consensos, donde los pueblos indígenas pueden renunciar a prácticas que no se enmarquen en este marco global a cambio del reconocimiento de su propia jurisprudencia cuya esencia, según ya argumentamos, no busca vulnerar los derechos fundamentales.
Otro avance importante sería el reconocimiento de formas alternativas de decisión política como cabildos y asambleas comunales, que en la propuesta son denominadas “democracia directa” y de la legalización sin mayor intermediación de las autoridades elegidas por los grupos étnicos, de acuerdo a su propia jurisprudencia, construyendo mecanismos de acción positiva que permitan que estas autoridades se incorporen también en la estructura general del Estado.
Todo esto, por supuesto, requiere de un clima de tolerancia y diálogo que no estamos seguros si ha alcanzado Bolivia, a pesar de que ya se está realizando la Asamblea Constituyente tan demandada por los grupos étnicos, pero no sin tropiezos porque ni siquiera hubo acuerdos en la formulación del reglamento de funcionamiento de la propia Asamblea que expresa verdaderamente el choque de distintas visiones de lo que debe ser y buscar el Estado boliviano[22].

V.3. La aplicación del pluralismo jurídico sin autonomías territoriales indígenas

La última opción es la profundización del Estado multicultural, ya reconocido en la Constitución, sin pasar a un Estado plurinacional, legalizando el derecho consuetudinario que ya se da en los hechos y otorgándole igual jerarquía que al derecho oficial siempre bajo un marco general que permita la articulación y diálogo entre las dos lógicas construyendo y reforzando puntos comunes y desechando prácticas que vulneren los derechos fundamentales. Esto puede incluir al respeto a los mecanismos de decisión y elección de autoridades propios de los grupos étnicos y mecanismos de acción positiva que permitan su incorporación a la estructura estatal.
Sin embargo, aunque parezca más realista esta propuesta, queda la pregunta referida a cómo serían concebidos los territorios donde actualmente están asentados los grupos étnicos ¿Cómo municipios pero con autonomía restringida? ¿Cómo Tierras Comunitarias de Origen? Igualmente queda en la incertidumbre la forma de establecer legalmente al derecho consuetudinario sin algo que es fundamental en la concepción de la mayoría de los grupos étnicos para su organización política y el manejo de su jurisprudencia: el manejo colectivo de su territorio de acuerdo a lógicas que no siempre responden al bagaje cultural oficial, lo que podría significar una reforma a medias y con sabor a poco, por lo menos para las comunidades indígenas, originarias y campesinas, lo que implicaría en un futuro nuevas movilizaciones.
Otro punto de reflexión es el grado de complejidad que representa la diversidad en Bolivia que tanto el Estado colonial y en Republicano con tendencias homogenizadoras no ha podido destruir. Una diversidad que tal vez implique la necesidad de un replanteamiento del Estado que de una vez se adecue a ella y deje de seguirla negando con las consecuencias que ello implica. Cocarico (2006) argumenta:

“Es hora de que el Estado y las naciones originarias empiecen a hablar un solo diálogo, es hora de que el Estado comprenda la realidad del otro, que ha convivido en silencio y tolerado por mucho tiempo el desconocimiento de su existencia. Las voces de cambio se han activado y el Estado está llamado a responder, ya no como históricamente lo ha venido haciendo, ha llegado la hora de asumir la verdadera dimensión de lo que es en realidad Bolivia. Para ello no es necesario inventar definiciones o nuevos conceptos, sino simplemente valorar y describir la realidad que refleja la diversidad.” (Cocarico, 2006: 151).

La diversidad implica no sólo lógicas distintas de administración de justicia sino de visiones de lo que debe ser el Estado, el manejo del territorio, la administración de los recursos naturales, entre otros factores. En este sentido, la propuesta del “Pacto de Unidad” es un intento de conjuncionar esa diversidad en el marco de un Estado plurinacional, demandando la real inclusión de los grupos étnicos en Bolivia como actores centrales del Estado y como ejecutores de su propio destino, hasta ahora manejado por un Estado etnocentrista y, en el mejor de los casos, paternalista.
El problema radica, como es de esperarse, en el hecho de que estas reivindicaciones impliquen la vulneración de intereses de grupos que difícilmente cederán a buen término, porque la estructura del actual Estado boliviano está asentada en el sometimiento de unos sobre otros y el poder no es fácil de romper.

VI. A manera de conclusión. Asambleas Constituyentes y/o reformas constitucionales: ¿Fetichismo legalista?

A manera de conclusión, no se puede dejar de mencionar el hecho de que en Bolivia tanto los grupos étnicos y otros sectores sociales han basado sus demandas de cambio en la modificación total o parcial de la normativa vigente como si al cambiar las leyes cambiara la realidad, fenómeno al que Pásara (2004) llamó “fetichismo legalista”. Sin embargo, creemos que en el caso boliviano el hecho de plantear cambios urgentes a través de la modificación de las normas refleja un intento de diálogo, tal vez el último, de los grupos excluidos con el Estado, planteando la posibilidad de convivir bajo un “contrato social general” y la articulación de la diversidad sin alterar la concepción de nación. Este intento no se puede dejar de desechar si buscamos una verdadera convivencia ciudadana, democrática e inclusiva por medio del diálogo y la tolerancia, en una realidad que de por sí es bastante compleja.

Historias de humo

Dedicado a Guillermo Cabrera Infante,

el único anticastrista a quien le permitiría

encenderme el cigarro.

Desde mi escritorio, entre la puerta entreabierta y una esquina del monitor de la computadora, tengo un ángulo de vista que cubre casi todos los rincones de las estaciones de trabajo. Desde aquí, he podido observar muchas cosas en estos cuatro años, algunas al punto de hacerme sentir testigo de un crimen, otras cómicas que derrumbaban mi natural introspección, pero las más de la veces he visto pasar las cosas como aquellas cosas que no tienen mucho sentido. Pero hubo una escena, digo hubo porque ya hace días que no se repite, que constituía uno de los pocos sagrados rituales de este espacio laboral: ver a uno de los compañeros encender con toda pasión el cigarro, acompañado de una tasa de café.

La causa de la ilegalización de aquel ritual puede leerse en la pared de la oficina: “Prohibido Fumar”. La condena antes de quedar colgada ahí, fue leída por el heraldo (nuestra secretaria, una señora capaz de quemar a los fumadores) en presencia de todo el personal, y al terminar añadió: “nada bueno puede salir, compañeros, de ambientes contaminados por el tabaco”. Lo cual desató una exclamación afirmativa de seis de diez personas que formamos esta dirección, lo cual no dejaba de darle un tono de clamor popular a la medida. Ramón, aquel fumador, no tuvo mas remedio que rendirse democráticamente y resignarse a encender su cigarrillo en uno de los pasillos del segundo patio del edificio, adonde a veces lo alcanzo, también a encender el mío.

Ahora mismo, tengo un cigarrillo sin encender mientras escribo esto (ayuda a calmar la ansiedad), hace rato que le vengo preguntando a mi reflejo en el monitor, cómo vine a caer en el vicio. Una de las primeras imágenes que recuerdo de esto tiene la forma de una pipa, ya era fumadorcito intuitivo y clandestino, la primera vez, como suelen ser las primeras veces, fue algo decepcionante; definitivamente era la primera y más desagradable resaca de mi vida. No fue hasta los catorce años que nuevamente empezó a interesarme el tabaco, por entonces ya me había atrapado el cine, donde el humo y el tabaco atropellaban sin prisa en cada cinta, además, había encontrado en la sala de cine la guarida perfecta donde disfrutar de aquel sereno privilegio que por entonces me negaban los años; confirmando que el tabaco y el cine están hechos del mismo material del que están hechos los sueños.

Pero, ¿un fumador nace o se hace? Salvándome de las opiniones expertas, yo soy un fumador que se hizo. Si bien crecí sin delicadezas, durante mi juventud fui lo que podría llamarse un fumador iconográfico, es decir, todos mis íconos hogareños estaban llenos de cigarros, puros o pipas; entre aquellos destacaban dos enormes pósters que vigilaban desde mi pared, ahí estaban el Che y Fidel, juntos, como un tótem mágico, magos barbudos haciendo revoluciones prestidigitadas con un puro como varita mágica. Quizá la culpa de todo esté relacionada a esos pósters, es decir a Cuba. Si bien lo mío hasta entonces era el simple y humilde cigarro, no puedo negar que siempre tuve una gran curiosidad por los habanos, además, había escuchado una serie de historias sobre ellos, la más memorable fue que se los fabricaba sobre las piernas de bellas mulatas. Años después, una de las primeras cosas que hice cuando me encontraba en la Habana fue asomarme tardes enteras a las ventanas de las fábricas de tabaco tratando de encontrar dulces negritas torciendo suspiros y puros entre sus muslos. Puras mentira de algún freudiano frustrado al ver que a los puros los torcían las manos peludas de hombres, y que el destino de aquellos objetos oscuros fálicos, era en su mayor parte, las bocas masculinas. Ese fue uno de los muchos mitos que se me esfumaron. Pero es en la isla donde mi asombro por el tabaco fue in crechendo, todo el mundo fumaba: uno podía ver mujeres fumando desde los balcones o las gradas de rústicos callejones, niños fumando a espaldas de sus padres y madres en aquellos mismos callejones, y hombres fumando por todas partes. Cabrera Infante, de quien en la Habana fui vecino, vecino en el espacio no así en el tiempo, decía que a Cuba deberían haberle puesto Tabaco, y no a Tobago. Caminar por la Habana en compañía de un exquisito habano entre los dientes, es una sensación que no pude superar ni siquiera cuando me tomé dos margaritas, en isla Margarita.

Sobre el tabaco existen varias historias y versiones, desde la etimología árabe (tubbaq), hasta historiadores que le daban diversos orígenes, incluso formas. Pero lo cierto es que el tabaco fue encontrado en nuestro continente, en Cuba, aunque en el nuevo mundo había ya otros indios humeantes: se sabe que los Mayas fumaban en pipa, que los Aztecas aspiraban el tabaco, viajeros portugueses encontraron hombres que fumaban en Brasil y las regiones amazónicas; de ahí hacía el sur el humo se disipa: en Ecuador, Colombia, Perú y Bolivia los indios mascan coca, y en el Uruguay, Argentina y Paraguay los indios bebían mate como los chinos beben té; más abajo están los indios patagones de Tierra del Fuego, que tenían mucho fuego pero poco humo. Al norte, en Canadá, navegantes franceses vieron las pipas de los Sioux, los Cheyennes y otras tribus, por todo aquello no hay duda de que la planta es una aborigen de éstas tierras, si algo hicieron los europeos fue transformar el rudimentario artefacto del “mosquete de papel” en la obra de arte que es el Puro, pero aun así la transformación tuvo lugar en Cuba.

A parte de soportar el peso del bloqueo, también soporta el peso de haber corrompido al mundo con semejante vicio, sin embargo en la tierra del tabaco tuvo que ser Fidel el primer dirigente cubano en fumar puros en público. En las grandes concentraciones el puro de Fidel era el contrapeso pardo de su mítica pistola, era de hecho otra arma más, tanto así que ahora se sabe que la CIA había tratado de asesinarlo precisamente usando puros explosivos. Pero en la isla socialista, el mejor puro que existe, el Cohiba, no es precisamente el puro comunista que el Che Guevara deseaba para el hombre nuevo, sino un puro para puros millonarios, aunque claro, sigue siendo de lejos el único lugar donde uno puede comprar puros a montones. Poniéndome a tono con las nuevas prohibiciones, para hacerlas más efectivas deberían obligar a fumar solamente puros, con la crisis económica a ver quien los compra; alguien que conocía de economía y de tabaco fue Carlitos Marx, que era incapaz de dejar de fumar, su amigo Wilhem Liebknet, decía de él: Marx era un fumador entusiasta, apasionado incluso. Como en todo lo demás que hizo, como fumador era desenfrenado. Ya que el tabaco inglés era demasiado caro para él, cada vez que podía comprar puros procedía a mascar la mitad, para acentuar el placer o acaso para doblarlo (¡eso es plusvalía!) Sin embargo como los puros eran muy caros en Inglaterra, entonces siempre estaba a la búsqueda de puros baratos.

Volviendo a Cuba, durante la colonia española el primer Habano de la cosecha tenía que ser enviado al rey, aquello se llama fumata reale, pues bien, en los primeros años de la revolución uno de los primeros en fumar lo mejor de la cosecha era Jean Paul Sartre (fumata existenciale). Desde su visita a Cuba en 1960, Fidel le enviaba una caja de habanos de primera, así Sartre y Simone de Beauvoir se reunían cada mañana en Saint-Germain-des-Prés, con Camus, Raymond Aaron y Boris Vian para beber alcohol, y fumarse aquellos habanos, o simplemente pipas y cigarrillos. Después del "mayo francés" Sartre se convirtió en icono para muchos jóvenes intelectuales marxistas que no dudan en imitar sus gafas de miope, su talante melancólico y la costumbre de fumar en pipa.

Si bien mi debut con la pipa fue bastante temprano, en esa materia continuaba siendo un fumador icnográfico, por cierto elegir una pipa es una operación que debe realizarse con sumo cuidado, existe una adecuada para fumar en casa, en el trabajo o la calle, también se la elige en función de su estética, la marca, el peso y la longitud, etc., etc. Pero en mi experiencia eso “ni fu, ni fa”, simplemente porque no me dejaron elección: mi primera pipa llego envuelta en un papel celofán, mi futura ex esposa me lo había traído en el día de mis cumpleaños, y junto a ella mi primera picadura de tabaco, fue ahí donde aprendí significativamente que cuando uno fuma una pipa no está fumando sólo tabaco, con cada pipa fumas: anís, miel, bergamont, boit de rose, canela, cascarilla, casia, raíz de violeta, geranio, mentol, nuez moscada, hierbabuena, romero, sándalo, vainilla, valeriana –y salvia, que brinda al fumador todo el encanto de un viejo sabio, a todo eso se le añade el tabaco, aceites y perfumes. No es de extrañar que el humo de una pipa huela a arco iris, y ese aroma despedía por aquel tiempo mi vida de joven indocumentado. Lo que Oscar Wilde dijo sobre la música es aplicable al tabaco: siempre te hace recordar un tiempo que nunca existió, y el humo necesariamente trae nostalgias de lo que debía haber pasado.

En este momento me resulta tan absurda aquella sentencia de que nada bueno podría salir del espacio de los fumadores, cuando un aspecto único del tabaco, es que hubo y hay verdaderas obras maestras hechas bajo sus auspicios. Por ejemplo el habano desde su gestación viene de la mano de la cultura, de la literatura, mientras yo me encontraba en la Habana buscando bellas mulatas torcedoras de tabaco, en su lugar encontré hombres trabajando en silencio en una enorme sala, y en el fondo sobresalía uno que leía con voz firme y resonante un libro: el lector de tabaquería. Su trabajo consiste en leer en voz alta mientras los torcedores trabajan, es decir, el puro nace arrullado por las más bellas obras literarias, sólo así se entiende que exista fumadores hasta en un libro para niños, como la oruga de “Alicia en el País de las Maravillas”; y es que la relación del tabaco con la literatura es de siempre, ya en 1863, Mark Twain fumaba puro puritos baratos, aunque su preferida era la pipa que fumaba “Tom Sawyer”, la de mazorca de maíz. Su acercamiento al tabaco se produjo cuando surcaba las aguas del Mississippi, emulando a los viejos lobos de mar. Sus obras “Las aventuras de Tom Sawyer” y “Las aventuras de Huckelberry Finn” (dos jóvenes fumadores de pipa) despertaron el fervor de un público juvenil, que está inmortalizado en sus obras como clásicos de la literatura. Twain poseía un sentido del humor legendario, dijo en una ocasión: El hombre es el único animal que fuma o que necesita fumar. Y añadió: Dejar de fumar es fácil, yo ya lo dejé unas 100 veces.

Recuerdo a un amigo, artista plástico, que tenía una rara aversión hacia el alcohol, sin embargo lo que no podía tomar se lo fumaba, inversamente a lo que pasaba con Allan Poe que se bebía casi todo lo bebible (excepto agua), pero Poe no fumó mucho, pero sí los personajes misteriosos de sus cuentos. Cabrera Infante afirma que es en inglés donde más abundan las referencias al tabaco (en Francia, España y ésta parte del mundo aún se llama “smoking” el traje de etiqueta nocturna), y no es para menos, existen famosos fumadores en la literatura inglesa, hombres de cigarrillos, puros o pipa, uno de ellos es, “elemental”, Sherlock Holmes, son extraordinarias las narraciones de Watson acerca de su “pipa vieja y grasienta”. Otro grande es Tolkien, quien antes de escribir “el Señor de los Anillos”, era el verdadero Señor de la Pipa, Tolkien plasmó el arte de fumar tabaco en pipa en la comunidad de Bilbo y los Hobbits. Tanto en sus escritos como en la adaptación cinematográfica, el habito de fumar hierba para pipa se extiende desde la Comarca a las Tierras de los Hombres y mas allá.

Un celebre fumador, francés, fue Arthur Rimbaud, que en incontables poemas consagra al tabaco: Mi triste corazón babea a popa/ mi corazón lleno de tabaco/ sobre él arrojan escupitajos/ mi triste corazón babea a popa/ bajo las burlas de la tropa/ que suelta una risotada general/ mi triste corazón babea a popa/ ¡mi corazón lleno de tabaco/. Recuerdo sus autorretratos con la pipa entre los dientes, caminando mientras hojea libros; fue durante su infancia cuando descubre el placer de las largas caminatas (símbolo de lo que será su vida más tarde) por las orillas del Mosa, con su amigo y su mejor biógrafo Ernest Delahaye se iban hasta la frontera prusiana a conseguir tabaco de contrabando. Quien había marcado a Rimbaud y la corte de poetas malditos fue Charles Boudelaire que realizó varios poemas dedicados y bajo los auspicios de la pipa a la cual considera su compañera inseparable (ya sea llena de opio o tabaco). Boudelaire definió los principios creadores de la poesía moderna, del simbolismo al surrealismo; su imagen de joven soñador se evoca en el célebre retrato “El hombre de la Pipa”, que Gustavo Courbet (también fumador de pipa) le hizo en 1847. La importancia de la pipa en su obra queda patente en “Los Paraísos Artificiales”: Estáis sentados y fumáis/ pero os creéis sentados en vuestra pipa y que es a vosotros a quien la pipa fuma/.

Por supuesto hay verdaderas pipas celebres, la Sociedad de Arte y Ciencia de Milán, descubrió en 1982, cuatro páginas que contenían bocetos de pipas de Leonardo da Vinci, de la época en que trabajaba para la corte del rey francés Luis XII. El monarca, que fumaba en pipa de barro, se quemaba habitualmente las manos y la boca, lo que hizo que encargara a Leonardo un diseño de una pipa muy especial. Otro museo guarda la pipa de otro genio, en el Smithsonian de Washington se muestra la pipa de Albert Einstein, igualmente era aficionado a seguir todos los pasos del ritual, y tras encenderla dedicaba unos momentos a la reflexión y contemplación. Se cuenta que Bertrand Russell, en 1948, agradeció a su pipa que indirectamente le salvara la vida; sucede que el avión en que viajaba a Noruega se estrelló en el mar y sólo se salvaron los pasajeros de la zona de fumadores. Russell fumaba constantemente hasta el punto de que el escultor británico Jacob Epstein, que le hacia un busto de bronce en 1953, le pidió que se sacara la pipa de la boca de vez en cuando para ver algo de su rostro.

Uno de mis favoritos es Hemingway, quien aguantaba largas veladas con su enorme pipa cargada en compañía de un buen ron. Cuentan que el escritor de “París era una Fiesta”, espetó a uno de sus pocos amigos de verdad: Nada de esto tiene importancia. Nunca me enfadaré si se trata de un amigo o de un enemigo que de verdad cuida su pipa. A bordo de la embarcación “Pilar”, en Cuba, pasaba horas pescando, siempre con un vaso de ron, su pipa, un libro abierto, hojas para escribir y un lápiz. Otro al que le gustaba el tabaco fuerte era Joyce quien pasaba muchas veladas en su casa frente al piano mientras fumaba una pipa con el mejor tabaco de Irlanda. Joyce andaba con bastón y fumaba en pipa como uno de sus personajes más famosos, Stephen Oedalus: ...rascó, encendió, chupó una sabrosa pipada..., después una bocanada densa, apetitosa, chisporroteante... Se dice que el primer contacto de Pablo Picasso con la pipa fue durante su nacimiento: ante la falta de llanto de la criatura, el médico que asistía a María Picasso encendió su pipa, y una bocanada del humo hizo que el pequeño Pablo rompiera a toser y a llorar. La personalidad de este genio, que dominó las artes visuales durante la mayor parte de la primera mitad del siglo XX, se forjó en el café Els Quatre Gats, un boliche al estilo parisino que fue el centro de la vida intelectual y artística de Barcelona, allí Picasso realizó su primera exposición y se enamoró de la pipa, el objeto que le acompañó durante toda su juventud, y adquiere gran presencia en su obra en la que abundan sus autorretratos con la pipa en la boca. Vincent Van Gogh también disfrutaba del tabaco, en una de sus pinturas memorables retrató su silla como una visión que simboliza la soledad, la silla de madera, muy sencilla, está vacía y sobre ella se ve una pipa y el saquito del tabaco, emblemas de lo sencillo y natural. Así mismo Marc Chagal, quien hizo de la pintura poesía y del tabaco el símbolo de sus nostalgias, inmortalizó como nadie otro tipo de disfrute del tabaco: el rapé, el tabaco que se masca; su pintura “la toma del rapé” evoca sus propios recuerdos, muestra la soberana figura del judío barbado y con rulos, que adquiere a través de los colores, rasgos de visión. Es un documento de la nostalgia que oscila entre sentimientos de cercanía y lejanía, cotidianeidad y exotismo, se lee en el libro, cifrado en letras judías: “Segal Moshe” que según Metzger es el nombre del artista que en Rusia se llamaba “Marc Chagal”. Un extraño fumador de puros, porque sólo fumaba cabos, y su palabra favorita no era puro sino “pero”, fue Bertolt Brech, él quería que su teatro se rebautizara como “el teatro de la épica del humo”, además seguía el ejemplo de Marx en cuanto a la elección del tabaco, fumaba puros baratos, de a penique, aunque generalmente recogía las colillas que se quedaban en la cuneta de la opera.

Desde mi escritorio veo nítidamente aquel miserable letrero, represor de humo. Fumar es en sí un acto íntimo y sólo las mentes totalitarias pueden concebir hacernos dejarlo por la fuerza. Hitler solía aconsejar a sus tropas y sus seguidores que no fumaran, en 1933, el Fiürer dijo bien alto: aquellos que no fuman ¡que me sigan! como si los no fumadores fuesen un grupo de elegidos o una raza superior. El régimen nazi fue uno de los mayores inquisidores contra el tabaco, estaba en contra de los fumadores, pero no tuvo reparo en reducir a cenizas miles de libros y más tarde millones de hombres, mujeres y niños; pero bueno, no todos lo que odian el tabaco son como Hitler, pero comparten su impulso fanático. Hasta Jung ensayó curar a Freud del vicio, y lo sentaba en un sillón para eso, como si fumar puros fuese igual que inhalar cocaína (por cierto Freud fumaba y jalaba).

Desde hace días que en estos ambientes fumar se me ha convertido en un vicio furtivo. Y es que en general las señales contra fumar están en todos lados: multilingües, visibles, compulsivas, legales, desleales. Los fumadores somos los nuevos excluidos y segregados del nuevo orden, cualquiera que sea, cuando me encontraba en la Venezuela bolivariana quedé maravillado al ver como ardía el fuego de la revolución, mas aún en verano, pero aquel fuego quemaba todo menos tabaco, ya sea por sendos anuncios o por ordenes de bellas azafatas bolivarianas teníamos prohibido fumar. Durante el acto oficial de declaración por parte de la UNESCO a Venezuela como “Territorio libre de analfabetismo”, junto a un compañero chileno nos escapamos a un descampado del teatro “Teresa Carreño” y encendiendo nuestros cigarros declaramos aquel sitio: “territorio libre para el tabaco”.

En el mundo político boliviano también pueden encontrarse figuras que tenían debilidad con el tabaco, pocos, pero existieron, el primer y único presidente que fumaba en publico fue Víctor Paz, varias fotografías oficiales lo muestran con su pipa, que junto al Poder fue su único vicio conocido; así mismo el escritor y político Augusto Céspedes era un empedernido fumador de cigarrillos, incontables anécdotas del “chueco” son comentadas por Mariano Baptista. Hace poco me mostraron una fotografía de Céspedes junto a Eduardo Galeano en la feria de libros de Frankfurt en 1986, ambos humeantes, junto a sus copetines muestran dos ceniceros, y dos cajetillas de cigarros, Céspedes ya fumaba con sus amigotes en su diario “La Calle” desde dónde se perfilaba el pensamiento nacionalista, junto a José Cuadros y Carlos Montenegro. Otros editores ahumados fueron los libertarios del legendario periódico “Arte y Trabajo” que quizá por el humo que echaban en cada noche y madrugada en que trabajan artículos y notas debía llamarse “Arte y Tabaco”; pero no sólo fumaban nacionalistas y anarquistas, sino también trotskistas, y de ley, como fue Gustavo Navarro, más conocido como Tristán Marof, quien de joven soñó ser el Espartaco boliviano pretendiendo establecer una versión modernizada del incanato donde, según la leyenda dorada, nadie padecía hambre ni carecía de techo, Marof fue el creador de la fórmula “Tierras al pueblo y minas al Estado”, fue un hombre de una época vitalista, romántica, revolucionaria, y tuvo como amigos íntimos a personajes como Mariátegui o Diego Ribera, además de fundar en el exilio el embrión de lo que ahora se conoce como el Partido Obrero Revolucionario. Quien no recuerda la imagen de Lechin con su infaltable pucho en los labios, aunque no esté encendido, el líder sindicalista había hecho de aquel cigarro el símbolo del “anarcosindicalismo” sin pausa. Todo lo contrario al tirano Banzer que reprimía todo lo que llevara barba, melena y fumara; pero el inicio de este cartelito de miércoles, de la censura, históricamente la inició la reina Victoria, ella opinaba que los puros eran repulsivos, largos y poco ingleses, aborreció de tal forma al tabaco que convirtió al palacio de Buckinggham en una especie de castillo inexpugnable para fumadores, fue de esa manera como la sociedad victoriana decidió odiar a su vez al tabaco y durante su época ni siquiera la mirada asesina de Jack el destripador era comparable con lo que recibía un caballero que osara fumar delante de una dama. Sin embargo “prohibido prohibir” ya era la frase de Oscar Wilde, siglos antes del mayo del 68, con el publico gritando “autor, autor!!” Wilde subió al escenario con un cigarrillo en la mano, no le importó que la realeza se encontrara en el palco del teatro St. James, viendo el estreno de “La importancia de llamarse Ernesto”, aquello sucedió el 14 de Enero de 1892, otro 14 de enero, del ultimo año del siglo XX, recuerdo el cigarrillo más biográfico y largo de mi vida, una madrugada de llovizna en Santa Cruz, nacía mi hijo, mi más importante Ernesto.

Profesionalmente, el tabaco se había transformado en la herramienta de los analistas en los tiempos en que Freud fumaba 20 puros al día, y algunos más por la noche, la pipa compañera de senda que me acorta el camino escribiría el padre del psicoanálisis en 1902 en el acta de la "sociedad de los miércoles", su tertulia, núcleo de la futura asociación freudiana. Sin embargo aquella relación es muy rara entre los míos, los pedagogos, una excepción fue Francesc Ferrer, quien plasmó en su escuela moderna las ideas básicas del pensamiento librepensador y libertario del siglo XX, éste pedagogo apostó por una enseñanza científica y racional no supeditada a los imperativos de la religión y del Estado. En 1898 por sugerencia de Kropotkin fundó un comité de preenseñanza anarquista con el propósito de hacer frente a la enseñanza religiosa y burguesa dominantes, se comprometió con el republicanismo insurgente de España y por esa razón murió frente a un pelotón de fusilamiento, acusado de autor de una insurgencia anticlerical, bien pudo el profesor Ferrer enfrentar al pelotón con un pucho en la boca.

Otro profesor, Luzuriaga, cuenta que John Dewey se fumaba bastantes cigarrillos en su época de estudiante del doctorado en filosofía en la prestigiosa Jhon Hopkins, y que continuaba aun cuando fue contratado como profesor en la Universidad de Michigan. Dewey que concibe la escuela como un espacio de producción y reflexión de experiencias relevantes de la vida social, solía fumar cigarrillos en el exterior de su cabaña en Hubbards, Nueva Escocia, frente a una máquina de escribir. Si bien no tiene fama de fumador, éste simpático hombre no tenía nada contra el tabaco y las ideas radicales, precisamente en 1906 levantó revuelo entre los conservadores norteamericanos al refugiar en su casa al revolucionario ruso y comprobado gran fumador Máximo Gorki, rechazado por los hoteles, y no precisamente por fumador. Fumador también fue el autor de “por una escuela del pueblo”, Célestin Freinet, un maestro de pueblo que tuvo el coraje y acierto de plasmar en la escuela los principios de una educación por el trabajo y de una pedagogía moderna y popular. Varias décadas después, si bien no consta a nadie que fumaba, A. S. Neill fundó un espacio educativo en el que fumar, no estaba prohibido, fue en Summerhill donde Neill llevó a cabo su ideario de una educación en libertad para un mundo más libre y feliz, un espacio educativo en donde lo académico quedaba a un segundo plano y el alumnado tenia incluso la libertad de asistir o no a clases, en 1960 se reedita el libro Summerhill en los EEUU, que cautiva al espíritu de la época, y Neill establece una estrecha amistad con el escritor Henry Miller, el gran fumador de pipas y de musas. Pero solo esos, existe una rara asociación entre el tabaco y los personajes que transgredieron las ideas y los modos de su tiempo en el campo educativo, menos aun el gran Paulo Freire, que fue todo menos fumador, en su obra sí había pedagogía, pero no tabaco para los oprimidos, incluso varias de sus metodologías fueron utilizadas por la UNESCO para campañas antitabaco en el mundo. Uno podría seguir escribiendo y escribiendo más historias, aunque sea para demostrarles que el humo es productivo. Me viene a la memoria unos versos de uno de los mejores poemas que recuerde: “Tabaquería”, digno de ese fumador solitario que fue Pessoa, son meditaciones de un empleado de tabaqueria, la conciencia inicialmente desgarrada entre el exceso de la realidad del mundo exterior y el sentimiento de irrealidad de todo:

 
“..Me incorporo a medias con energía, convencido, humano,
y voy a tratar de escribir estos versos 
en los que digo lo contrario.
enciendo un cigarrillo al pensar en escribirlos
y saboreo en el cigarrillo la liberación de todos los pensamientos.
Sigo al humo como a una ruta propia,
y disfruto, en un momento sensitivo y competente,
la liberación de todas las especulaciones
y la conciencia de que la metafísica es una consecuencia
de encontrarse indispuesto.
 
Después me echo para atrás en la silla
y continúo fumando.
Mientras me lo conceda el destino seguiré fumando”.

Raúl Alberto Álvarez

Pedagogo humeante